La vida me dio una segunda oportunidad

Así como las personas que fueron rescatadas de entre los escombros desde los distintos edificios que se derrumbaron el pasado 19 de septiembre por el terremoto que golpeó ferozmente a la Ciudad de México y otras entidades del país, la vida y el destino decidieron darme una segunda oportunidad. No precisamente por haber estado enterrado entre piedras, sino porque por una emergencia tuve que dejar el país.

Mi departamento fue uno de los que cayó durante el fuerte sismo, lo perdí todo, pero no estoy triste, sino agradecido. Hoy pienso en lo que hubiera pasado si en lugar de estar en uno de los hoteles de Veracruz, me hubiera quedado en casa.

Generalmente los lunes y martes trabajo desde casa, pero un día antes de que sucediera el desastre natural, mi jefe me llamó y me dijo que uno de nuestros clientes del Puerto necesitaba asesoría urgente, por lo que esa misma tarde debía tomar un vuelo y que me tomara el tiempo necesario hasta resolver el problema. Hacía tiempo que no visitaba al pueblo jarocho y me dio gusto, quizá esa sensación de alegría era mi alma respirando un segundo aire de vida. Así que empaqué tan rápido como pude y me dirigí al aeropuerto. Atendí la junta ese mismo día y quedamos de vernos el martes 19 en sus oficinas. Ahí estaba, hablando de negocios cuando recibí una llamada, eran mis padres llorando, preguntando si me encontraba bien. Eso me desconcertó, no sabía qué estaba sucediendo. Me comentaron que mi edificio se cayó por el terremoto. Ellos estaban sanos y salvos, y se tranquilizaron al conocer que estaba fuera de la ciudad. Ahí sentí un hueco en el estómago. Encendimos la televisión de la sala de juntas y vimos la magnitud del problema. Me quedé sin habla.

Imaginé que si no hubiera venido a Veracruz estaría en mi sala o en el comedor trabajando, escuchando música, por lo que posiblemente no hubiera escuchado la alarma sísmica. Quizá no hubiera tenido tiempo de salir y hubiera quedado atrapado, posiblemente muerto o esperando aún que me saquen. Estos pensamientos me helaron la sangre, me  di cuenta que tengo una oportunidad más de vivir, de cumplir mis sueños. No como otras personas, adultos y niños, que ya no lo podrán hacer, se las arrebataron de tajo.

En ese instante le dije al cliente que tenía que irme, por la tranquilidad de mi familia, para revisar qué hacer con el departamento, ayudar en lo que pueda. No tuvo objeción, sólo me pidió que lo esperara un momento. Tras 40 minutos, volvió, yo estaba desesperado y molesto porque creía que no había entendido mi urgencia por irme, pero se había ido para recolectar dinero entre sus empleados y me dio 3 mil 700 pesos. “Para lo que se ofrezca”, me dijo y nos despedimos.

Logré llegar a la CDMX, fui a mi departamento, ayude con listas de los vecinos que vivíamos ahí, o los que logré acordarme. Apoyé en centro de acopio, sirviendo comida a los rescatistas, consiguiendo material. Debía ayudar, pues era afortunado de seguir en este planeta. Vivo.